Me llamo Muffin y soy un gato persa de color magdalena. Creo que ha llegado el momento de compartir con vosotros, todo lo que sé sobre la vida con los humanos.

No es porque lo diga yo, pero la verdad es que soy guapísimo. Todos los dospatas que tengo en mi casa me lo dicen muchas veces al día. Tengo cuatro años y vivo en una casa que está construida encima de una especie de arenero súper gigante que los dospatas llaman “desierto”. Mamá siempre se está quejando porque dice que “esta ciudad construida sobre el desierto va a acabar conmigo” y que “hay arena por todos sitios”. Yo la verdad es que por mucho que la he buscado, sólo he encontrado un poco en el jardín y eso que no me dejan salir mucho para que no me coma la hierba. Os garantizo que dentro de casa no hay más arena que la de mi pequeño excusado. ¡Ojalá!. En realidad sólo hay suelo resbaladizo y algunas alfombras que son geniales para las uñas. No comprendo como los dospatas no sólo no las prueban sino que encima me regañan cuando lo hago yo:

-¡¡Saca a ese gato de la alfombra!!

Esta es una de las frases favoritas de Papá. Cuando la dice me recuerda mucho a esos chuchos sarnosos ladrando. Papá y yo no nos queremos mucho, pero la verdad es que me daría pena que se fuera, así que no pienso regalárselo a otra familia. Le acepto como es. Papá no me suele dedicar mucho tiempo. A veces cuando está viendo la tele, me acaricia la barriga con la punta del pie, lo que a mí me gusta, pero no como para estar media hora de “rasca-rasca”, así que no duramos nunca mucho juntos.

No entiendo muy bien cuál es el problema que tiene con las alfombras y menos cuando ellas y yo tenemos el mismo origen. Sólo sé que si quiero una rascadita de uñas en una de esas “alfombras persas”, tengo que hacerlo cuando no me ven ni Mamá ni Papá. Mamá y Papá son mis dospatas grandes. Papá es el más grande de todos y el que tiene la voz más fuerte. También es capaz de ronronear por las noches más que yo. Entonces Mamá se suele despertar y le da con el pie porque no le deja dormir, lo que es un inconveniente si consideramos que yo suelo dormir a los pies de su cama y más de una vez me he llevado una patada.

Mamá es un bastante más pequeña que Papá y tiene el pelo de la cabeza largo y fino de un color más oscuro que el mío. No lo puedo comparar con el de Papá porque casi no tiene. Como supongo que le molesta, Mamá se suele hacer una especie de flan en todo lo alto de la cabeza por las mañanas, después se arregla, se pone dos de lo que ellos llaman zapatos y se va a la calle subida en ellos. En realidad, esto es algo que hacen todos mis dospatas.

Además, tengo otros dos dospatas más pequeños. Los dos juntos se llaman hermanos, pero por separado son Germán y Carmen. Tienen diez y doce años respectivamente. Germán es igual que Papá, solo que más pequeño y con una buena cantidad de pelo marrón en la cabeza y Carmen se parece bastante a Mamá, sobre todo en la voz. Nunca sé quién de las dos me está llamando. Con los dos hermanos no hay problema y puedo rascar mis uñas en todas las alfombras que quiera, en los sofás y en las camas, que son sitios donde los dospatas se tumban a dormir o se sientan a descansar. Yo también los uso bastante.

En mi casa se está muy bien y mis dospatas no dan mucha guerra. Sólo a veces me espachurran demasiado o me acarician cuando no tengo ganas. Entonces me tengo que marchar a otro sitio a seguir durmiendo, que es una de las cosas que más me gusta hacer en la vida. Cuando tengo hambre, como y cuando tengo sueño, duermo. Si quiero dormir en el salón, duermo en el salón y si algo me molesta, me voy a alguna cama y sigo durmiendo. Mi preferida es la cama de Carmen porque la tiene llena de peluches y he descubierto que cuando duermo entre ellos los dospatas no me encuentran fácilmente y además, si me acurruco contra ellos, se está realmente calentito.

Yo tengo muy buenos modales y a no ser que esté muy ocupado durmiendo, vigilando o persiguiendo un insecto, siempre que me llaman voy corriendo a ver qué quieren. Mamá dice que soy un gato-perro y que nunca ha visto nada igual. Yo simplemente creo que nosotros los gatos persas somos mucho más finos y educados que los gatos corrientes. Germán dice que soy un gato muy pijo, pero la verdad es que yo no sé muy bien qué significa eso.

Otros de mis lugares favoritos son los sitios altos, pero sólo estoy de vez en cuando, porque lo hago principalmente para controlar mi territorio. Es un trabajo durísimo y acabo agotado, pero alguien tiene que vigilar la casa y como todos los felinos sabemos, no se puede entrenar a los dospatas para eso, así que tenemos que hacerlo nosotros. Supongo que no os creeréis que sean esos chuchos babosos los que vigilan las casas. ¡Pues menudos son! Lo van dejando todo sucio con sus patazas llenas de porquería, comen y beben y esparcen todo por ahí, se lanzan a los sillones y a las camas como si se tiraran de un quinto piso sin ninguna delicadeza… En fin, son sucios, descuidados y vagos ¡Prrrrrrr! Sólo de pensar en ellos se me pone mi bella melena de punta.

Estoy muy contento de tener dospatas en mi casa, y aunque no me gusta que me molesten cuando estoy descansando o cuando ya me han acariciado lo suficiente, me pongo triste si me dejan solo. Hay veces que Mamá y Papá empiezan a sacar unas cosas que ellos llaman maletas. Entonces me empiezo a poner nervioso porque ya sé que van a meter en ellas un montón de esas telas que se ponen por el cuerpo y voy a estar mucho tiempo sin verles. Tengo que decir aquí que los pobres dospatas no tienen casi nada de pelo. Casi todos tienen mucho sólo en la cabeza, pero algunos como Papá, ni siquiera ahí. Tienen menos pelo que esos gatos corrientes de la calle, por lo que no les queda más remedio que ponerse otros tejidos por encima para abrigarse. No me imagino lo que debe ser ir por ahí sin tener esta estupenda cantidad de pelo suave y sedoso. ¡Prrrrrrrr! ¡Qué horror!

Como os decía, cuando empiezo a ver maletas circulando por la casa, significa que me voy a quedar solo. Al principio me encanta porque no hay nadie por el medio molestando o haciendo ruido, nadie me quiere acariciar ni coger en brazos, nadie me dice dónde puedo o no puedo afilarme las uñas… es un verdadero paraíso. Después de unas cuantas vueltas y unos cuantos sueñecitos, empiezo a sentirme un poco perdido y me pongo a buscar a mis dospatas por toda la casa como si se hubieran quedado encerrados en alguna parte. Los dospatas se encierran con bastante facilidad en muchas partes de la casa, pero por el momento han sabido liberarse ellos por sus propios medios siempre, y no ha habido necesidad de que yo tuviera que intervenir.

Otra pista clara de que van a tardar en volver es que Manolita viene sólo un rato por la mañana, me pone agua y comida, me limpia mi arenero y después de hablar un rato conmigo se va y no vuelve hasta el día siguiente. Manolita no es mía, sólo es una dospatas itinerante, o sea, que no duerme en mi casa. Viene por la mañana, habla con Mamá de vez en cuando, Mamá habla con ella también otras veces, Manolita se me acerca y habla conmigo y así todos los días. Nunca he hablado con ella porque la verdad es que no me dice nada interesante. Sólo los típicos “hello, hello!”, “kitty, kitty, kitty”, y todas esas frases clásicas que dicen muchos dospatas a los de mi especie.

Aclararé aquí que Manolita habla un idioma diferente al de mi familia, así que todos tienen que hablar el idioma de Manolita para poder entenderse. Ella viene de un sitio que está muy lejos y se llama Filipinas. Es otro país distinto. No estoy seguro, pero creo que no va allí todos los días a dormir porque Mamá la llevó un día a su casa y no tardó mucho en volver.

Mamá me cepilla el pelo todos los días. Siempre me habla suavemente mientras me peina y me dice que estoy muy guapo y que voy a estar todavía más guapo cuando termine, pero la verdad es que no me interesa nada de eso y si pudiera me escaparía antes incluso de que sacara el cepillo del armario. No vayáis a pensar que no me gusta estar arreglado, ¡de ninguna manera!, es que tengo el pelo muy fino y con frecuencia se me hacen unos nudos horribles. Entonces me da tirones y me pongo de muy mal humor, tanto que más de una vez no he podido evitar girarme y darle un manotazo a Mamá. Ella no se enfada mucho e incluso me pide perdón, pero todo lo que hace es volver a ponerme mirando a la pared y me sigue cepillando el pelo como si nada. Los humanos son realmente testarudos. Son muy difíciles de educar porque suelen hacer siempre lo que les da la gana.

De vez en cuando me llevan a un sitio al que para ir, me dan un paseo en coche. Allí me dan un baño y me arreglan el pelo. Saludo a unos cuantos colegas y comentamos las novedades desde la última vez que nos vimos, pero hay que andarse con mucho cuidado porque también van esos asquerosos y babosos perros. A veces va también alguno de esos ruidosos pajarracos que tanto molestan. He llegado a ver incluso bichos alargados con escamas de color verde y una especie de cresta en la cabeza como las gallinas, pero que no se movían en absoluto. La verdad es que no tengo claro si eran animales o juguetes de plástico.

En esas visitas hay días en que me coge un dospatas vestido de verde y me sube a una mesa. Entonces empiezo a temblar porque eso suele significar aguja clavada en mi lindo trasero. Yo tengo tanto miedo que no me muevo hasta que me suelta. Entonces suelo irme corriendo cerca de Mamá y ella me coge y me espachurra un poco y me dice cosas que a veces no entiendo porque creo que no son ni del idioma humano ni del gatuno. Luego, siempre me da besos y nos vamos para casa. Besos son unas cosas rarísimas que hacen los dospatas con la boca en lugar de darse lametazos como haría cualquier gato razonable.

Para ir a lo de bañarse, os he dicho que hay que ir en coche, y claro, os estaréis preguntando que qué es eso. No os preocupéis. Entiendo que las costumbres humanas son un poco extrañas, pero espero poder ir aclarándolas todas poco a poco. Pues un coche es como si fuera una de nuestras cajas en las que nos meten para ir de viaje, pero más grande y que hace ruido propio. Los humanos se meten dentro de él y se sientan, se atan con unas cintas sin las cuales el coche no anda, (o al menos eso es lo que dice Mamá siempre a Germán y Carmen), y el coche les deja donde quieren ir. No está mal, pero yo no me siento seguro en un sitio en el que las cosas pasan tan deprisa y no te da tiempo a oler nada. Además unas veces te vas para un lado, otras para otro, de repente te vas bruscamente hacia delante, a veces para atrás… Vamos, un mareo. Así no hay gatuno que pueda echar un sueñecito, aunque si os digo la verdad, para mí, que me lleven al coche, es sinónimo de que algo desagradable me va a pasar. Y no falla. Todavía no me he equivocado ni una vez.

Yo no he vivido siempre con Mamá, Papá, Carmen y Germán. Antes tenía otros dospatas a los que quería mucho, pero se iban por la mañana y no volvían hasta que estaba oscuro, así que estaba bastante harto de estar siempre solo. Un día me pusieron en mi caja de llevarme a los sitios, me metieron en el coche y cuando me quise dar cuenta estaba en otro coche diferente con alguien que tenía una voz agradable pero que no había oído nunca. No tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo pero pensé que a lo mejor mis dospatas se habían cansado de que yo estuviera siempre enfadado porque me dejaban solo y habían decidido marcharse de mi casa. ¿Sería eso posible?

Sofía Matarranz Escudero - Relato Infantil y Juvenil - Novela

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