La abuela de Daimiel había perdido el Norte casi completamente. No dejaba de preguntar por los hijos que había ido perdiendo a lo largo de su vida como si hubiera almorzado con ellos el día anterior. Un buen día empezó a decir que don Manuel Sebastián, un terrateniente local de edad similar a la de su único hijo vivo, Jesús, le había pedido relaciones extramatrimoniales y dio tantos detalles de lo que le había propuesto hacer en su alcoba, que su nuera, Dori, se puso colorada como un pimiento morrón mientras le pedía por favor que no dijera esas cosas delante de sus hijas, quienes la miraban tratando de esconder su risa nerviosa, ávidas por conocer secretos inconfesables que consideraban de máximo interés. Como no hubo forma de cerrar la boca a la mujer, Dori optó por pedir a las muchachas que salieran a buscar a su padre cuanto antes, por ver si él tuviera más autoridad con aquella vieja deslenguada.

Jesús no daba crédito a lo que salía por aquella boca desdentada. Ni siquiera habría podido imaginar jamás que su madre, antaño dulce, tímida y callada, tuviera conocimiento de semejantes prácticas amatorias. No podía soportar oír aquellas palabras y su reacción fue la habitual en él: colérica. Temblaron los cimientos de la modesta vivienda por los gritos del hijo y las carcajadas de la madre. Cuando comprendió que no era capaz de dominarla y quedó harto de escuchar tanta grosería, abandonó la habitación diciendo que se volvía a Madrid, echando la culpa de todo y como de costumbre a la pobre Dori, que aguantó el chaparrón hasta que pasó.

Jesús y Dori tuvieron una conversación breve con la vecina de la abuela, una mujer que había acudido muy solícita en ayuda de la vieja cuando lo había necesitado, pero que ya se veía incapaz de atenderla porque necesitaba vigilancia constante. A pesar de la oposición de su mujer, que no quería que sus hijas se ilustraran en la vida marital de aquel modo tan burdo, Jesús decidió que las niñas se harían cargo de la abuela, por turnos. Después de todo ya habían terminado su educación y ahora solo se dedicaban a ayudar a su madre en casa y a sacarse unas perrillas cosiendo en casa de doña Olivia.

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Brígida y Julia se llevaban menos de dos años y siempre habían estado muy unidas a pesar de sus muchísimas diferencias. A excepción de que eran las dos más o menos iguales de altura, (no alcanzaban el metro sesenta), y que tenían una preciosa y abundante melena rubia heredada de su madre, no tenían nada más en común, ni físicamente ni en el carácter. Brígida tenía una belleza dulce e inocente tal y como era su inocente alma. Sus ojos verdes eran limpios y transparentes, reflejando la claridad de su interior, su bondad y su ternura. Cuando eran pequeñas, Julia, que era bastante puñetera, la hacía llorar cuando delante de todas las amigas del barrio le decía que en realidad no era hija de sus padres, sino de un gato y una señora, que la abandonó en la puerta de su casa y que por eso tenía esos ojos verdes como los felinos. Las niñas le reían la gracia y Brígida terminaba siempre llorando desconsoladamente en los brazos de su madre, mientras oía a su hermana llamándola “Sopitas” y burlándose de ella con sus amigas. Julia, que no tenía la belleza de su hermana, se había llevado la inteligencia de la casa. En el colegio fue siempre la más aplicada de la clase, lo que le sirvió de motivo adicional para meterse con su hermana. Brígida era más lenta en el aprendizaje y se distraía con mucha facilidad en cuanto algo no le interesaba, que era la mayor parte de las veces.

Julia no tenía los ojos de su hermana. Aunque en el fondo le habría encantado, tuvo que conformarse con el color tradicional español, que no terminaba de casar muy bien con su pelo rubio, su piel aceitunada y su nariz quizás un poco más grande de lo necesario, pero al igual que su hermana, tenía una perfecta silueta con la cantidad de curvas justas y necesarias y una generosa y atractiva delantera. Cuando se hicieron mocitas, volvieron muchas cabezas de hombres que se cruzaban con ellas por la calle y fueron inspiración para muchos piropos, de esos tan graciosamente escapados de las bocas de los madrileños.

Durante la infancia, Julia era la que generalmente tenía las ideas malévolas y convencía sin mucho esfuerzo a Brígida para que las llevara a cabo si el asunto conformaba algún riesgo, por lo que normalmente esta era hallada culpable y como no se atrevía nunca a levantar la voz por encima de la de nadie, enganchaba un castigo con otro mientras veía como su hermana se divertía con la travesura y jamás sacaba la cara por ella. Así aprendió Brígida a hacer vainica prolijamente, mirando desde dentro de su casa como su hermana Julia, que había salido impune, jugaba en la calle mientras ella cumplía condena cosiendo.

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Tras el parlamento con la vecina y las órdenes dictadas por su padre, a principios de mayo Julia se quedó al cuidado de su abuela en el pueblo. La mujer no quería abandonar su casa por nada del mundo y aseguró que solo la sacarían de allí con los pies por delante. Por otro lado en Madrid, su hijo Jesús tenía el sitio muy justo y decidieron que, ciertamente, en el pueblo era donde mejor estaría la vieja. Allí, como en casi todos los pueblos, todo el mundo se conocía y rascando un poco, se sacaba parentesco común con casi cualquier vecino. Dori y Jesús se volvieron a su casa de Madrid con Brígida, tranquilos, en la convicción de que su hija Julia no tendría ningún problema para hacerse con la abuela. Aunque ella no estaba entusiasmada con la idea, tampoco le otorgaron derecho de opinión y lo asumió como que era lo que tocaba, sin más. Acordaron que irían a verla tan frecuentemente como pudieran y que Brígida la relevaría en un tiempo prudencial.

Julia sabía que sus padres no se sentían cómodos en absoluto con la idea de que “Sopitas” se tuviera que hacer cargo de la buena señora, por lo que se olió que aquello tendría truco y que finalmente no consentirían que Brígida la relevara, así que desde el primer día empezó a hacer méritos para que la abuela la mandara a paseo, haciéndole la vida imposible. Desde lavarla con agua helada, tirarle del pelo al hacerle el moño sin cuidado, obligarla a comer lo que no le gustaba, hasta despertarla sin motivo cuando estaba plácidamente dormida, Julia volvió a ser la niña cruel que odiaba a su hermana por ser más guapa y dulce que ella. Quería que su abuela terminara por reconocer, a base de malos tratos, que no estaba mal de la cabeza y que quería volver a vivir sola, lo que lógicamente no consiguió. En lugar de eso, un buen día la abuela salió dando alaridos por la puerta de la casa, escandalizando a todos los vecinos, asegurando que su nieta la quería matar y descuartizar. Por supuesto nadie la creyó sabiendo de su estado mental y todos se solidarizaron con la llorosa nietecilla.

El médico itinerante, que casualmente estaba ese día en el pueblo, recomendó que Julia se alejara de su abuela cuanto antes, con la idea de evitarle un colapso nervioso a la mujer y por si un día la anciana señora decidiera cambiar el enfoque de sus delirios y le diera por descuartizar a su nieta. Jesús y Dori entendieron que la vida de ambas estaba en cierto modo en peligro y se decidió que Julia regresara cuanto antes a Madrid.

Mientras la abuela y la nieta se habían estado persiguiendo con cuchillos, imaginarios o reales, Brígida seguía en Madrid de hija única y modistilla. Tenía muy buena mano para la aguja, no era nada perezosa y se dejaba enseñar y guiar por su jefa, doña Olivia, con quien congenió a las mil maravillas desde el primer momento. Tomás, su novio, se pasaba prácticamente todo el día trabajando en el negocio familiar que regentaba su padre, una taberna-bodega-casa de comidas donde además de comprar leche y vino peleón, se podían recibir y hacer llamadas telefónicas cuando era necesario. Tomasín, como Brígida lo llamaba a veces, la mayor parte de ellas cuando estaba de chufla, estaba a punto de cumplir veintidós años cuando empezó a “hablar” con Brígida, como decía Jesús. De eso hacía ya dos y a tenor del empuje que gastaban ambos componentes de la pareja, aquella situación tenía toda la pinta de que se prolongaría bastante en el tiempo. Tomás no era muy alto pero como se había pasado media vida trabajando, estaba bastante fuerte. Era del tipo de personas que pasa completamente desapercibido en un grupo. Sus ojos eran pequeños y su nariz afilada. Remataba su cabeza una discreta cantidad de pelo finústico de color castaño que normalmente se le quedaba de punta en la coronilla. La pareja solía salir los jueves y los domingos por la tarde, que eran los únicos momentos de la semana en los que el bueno de Tomasín, se veía momentáneamente libre del yugo de su padre.

Aunque al principio de su relación, Brígida procuraba pasar por el bar con cualquier excusa y dejarse caer por la puerta por si Tomás podía salir cinco minutos a pelar la pava, en aquel momento solo se veía con él a solas esas dos tardes a la semana. Durante los primeros meses, Tomás se escapaba prácticamente todos los días para acompañar un trecho a Brígida hasta su casa, a la compra, a casa de doña Olivia o adonde fuera, dejando atrás el vociferio de su padre en la bodega, sabiendo que habría amainado para su vuelta. El chico esperaba diariamente, afilándose los colmillos, con todas sus juveniles hormonas en ebullición, el momento de ver a su novia. Cada noche, ya en la cama, hacía recuento mental de sus logros, para constatar con cierta desilusión, que no había conseguido pasar de un roce un poco menos robado que el anterior, por la parte baja de la espalda de Brígida, por supuesto sin llegar a lugares más comprometidos o un beso un poco más largo que el último, encima dado sin mucha maña. "El próximo día me lanzo", era la frase que se repetía Tomás en letanía cuando dejaba a Brígida en su casa.

Llevaban juntos un tiempo más que prudencial como para que el chico hubiera conseguido autorización para subir hasta la casa a recoger a Brígida, licencia seguramente concedida solo porque Jesús era desde hacía muchos años cliente habitual y amigo del padre de Tomás y a ambos les parecía estupendo que los chicos se hubieran hecho novios formales.

Sofía Matarranz Escudero - Relato Infantil y Juvenil - Novela

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