Soy madrileña por los cuatro costados, pero nací accidentalmente en Sigüenza, (Guadalajara, España), el 31 de agosto de 1970. Estoy casada y tengo dos hijos y dos gatos bombay; uno rescatado de las calles de Moscú, ciudad en la que estuve viviendo desde 2012 hasta agosto de 2015 y el otro madrileño, al que trajimos a casa para que el otro no estuviera solo y llevara mejor la morriña por la madre Rusia.

Desde mediados de los noventa, he estado poco más o menos saltando de un país a otro, (Escocia, Libia, Emiratos Árabes…), lo que ha tenido y tiene muchas cosas positivas y alguna que no lo es tanto, sobre todo para alguien como yo, a quien la monotonía y la rutina le ponen los pelos de punta. He aprovechado, (y espero seguir haciéndolo), para viajar a todos los lugares que tenía más o menos a mano, entre los que tengo la suerte de incluir países de todos los continentes, excluyendo América e incluyendo Australia, que lo que se dice muy a mano, no está de ningún sitio. En todos ellos he disfrutado todo lo que he podido y he visto lo diferentes que somos los seres humanos alrededor del globo, pero lo más importante que he aprendido, es que Europa es un lugar poco poblado, diminuto y recóndito, que aunque nos hayamos creído siempre que es el ombligo del mundo, una parte muy importante de la humanidad no sabe ni dónde estamos y le importa más o menos lo mismo que a mí el precio de los pepinos, hortaliza que odio con todo mi corazón.

Mi vida laboral ha estado ciertamente a la altura de las circunstancias. Con tanto ir y venir he tenido que adaptarla a lo que iba surgiendo y pese a que mi formación universitaria fue en Ciencias Empresariales y empecé trabajando en consultoría, terminé transformando mi amor por los números en pasión por la Lengua y la Literatura, convirtiéndome en traductora, profesora de español, alumna de algún otro idioma y aspirante a escritora.

Antes de publicar mi primer libro, “Historias del gato Muffin. El gato persa de color magdalena”, escribí biografías de actores y cantantes españoles para la London Academy of Media and TV y algunos artículos de viajes. Aunque nunca me planteé escribir para jóvenes y no sé si alguna vez lo volveré a hacer, empecé contando la historia de mi gato Muffin, pero desde su punto de vista, siendo él quien nos tenía de mascotas a nosotros, sus “dospatas”. Todo surgió por la manera que tenía de maullarme y mirarme, pensando erróneamente el muy inocente, que yo podía entenderle y contestarle. Tuve además cierta inspiración en el hecho de que una de mis hermanas, propietaria de un perro con espíritu libre y bastante poco manejable, había llegado a la conclusión de que cuando el chucho se sentaba a la mesa, pretendiendo comer con las personas, no era por otra razón distinta a que no se había percatado de que era un perro. Sencillamente, él se veía exactamente igual que sus amos. Muffin tenía más o menos el mismo síndrome, pero con el añadido de que siendo un gato persa, su ego abultaba tres o cuatro veces más que él mismo. Quizá esto solo lo entiendan aquellos que hayan convivido con mininos…

Acabo de terminar "El ángel del abismo", novela ambientada en Madrid en los años ochenta y de la que podéis leer una introducción aquí (enlace). Antes de esta, escribí “La alquimia de los elementos. (Veintiuna tocas negras)”, pero en el final quedaban aún muchas historias por contar y he decidido completarla, en lugar de escribir una segunda parte, lo que es uno de mis proyectos más próximos.

Actualmente estoy trabajando en la traducción de “Historias del gato Muffin” para presentarlo en el mercado anglosajón y en cuanto termine, me meteré de lleno con “La Alquimia”. Esta novela la empecé en el año 2012 y mi padre me estuvo ayudando con la documentación hasta que el cáncer se lo impidió. El último año ya no se encontraba con fuerzas para casi nada, pero aun así trataba de mandarme todo el material que podía recoger y me contestaba a las cada vez menos frecuentes preguntas que yo le hacía. Ni yo tenía ganas de escribir, ni quería que él se cansara. Lo cierto es que di de lado casi por completo la escritura en los últimos cuatro o cinco meses de su vida porque no me podía concentrar. Llegué a pensar en abandonarla completamente, pero cuando el tiempo hizo su balsámica labor, lo retomé con más fuerzas y me prometí a mí misma que la terminaría. Estoy segura de que mi padre estaría muy orgulloso de haberme visto poner el "FIN" y a él estará dedicada.

Sofía.

Sofía Matarranz Escudero - Relato Infantil y Juvenil - Novela

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