La primera y única escena de infancia que podía recordar Jaime se remontaba a cuando tenía unos cinco años. Su madre le tenía sentado en sus rodillas y le daba miel de una cántara que a él entonces le parecía enorme, con una cuchara de madera que apenas le cabía en la boca. Su padre le llamaba desde la puerta porque seguramente irían a alguna parte, metiéndole prisa, impaciente. Jaime no sabía a quién atender, si a mamá que no le dejaba marchar porque pensaba que todavía tenía sitio para otra cucharada, o a papá que a lo mejor se cansaba de esperar y le dejaba en casa, sin ir a ese sitio que no recordaba, pero al que seguro estaba muy interesado en ir.

Su madre, Milagros, era una mujer muy alta y delgada como un insecto palo. Tan enjuta y seca era por fuera como lo era por dentro. No había hecho nunca ningún esfuerzo por embellecerse y el único día que se maquilló ligeramente, fue el de su boda. Nada más casarse se cortó su preciosa melena de pelo negro ondulado y no le importaron ni las enérgicas quejas de su marido ni sus ruegos para que volviera a dejarlo crecer. Desde entonces lo llevaba bien corto en la nuca y con un poco de flequillo que le caía ladeado sobre la frente. Las uñas siempre cortísimas y sin pintar y rematando su escobil apariencia, lucía generalmente una falda por debajo de la rodilla, con una blusa fina y una chaqueta de punto que no se quitaba hasta que no hacía mucho calor, por supuesto ambas prendas bien abrochadas hasta el último botón. Era una mujer de férreas convicciones religiosas, a la que le pesaba mucho la liviana fe de su marido y se culpaba a menudo por no haber sido capaz de reconducirle por el camino de la fe católica a lo largo de sus años de matrimonio.

Milagros adoraba a su marido, Manuel, tres años mayor que ella y le tenía como al hombre inteligente y capaz que era, admirando en él sus cualidades de protector, dominante y solucionador de cualquier problema, lo que le daba mucha seguridad a pesar de que ella era bastante resolutiva y de fuerte carácter. Milagros vivía de alguna forma atormentada, temiendo que su marido buscara en otras los atractivos de los que ella carecía a toda vista, lo que en la realidad no había sucedido nunca. Manuel siempre se había mantenido fiel a su esposa a pesar de ser un hombre muy atractivo y a quien las oportunidades no le habían faltado. Milagros por el contrario, no tenía encanto físico alguno y si algún día lo tuvo en su juventud, su dejadez y su modestia religiosa, habían acabado por destruirlo por completo.

Siempre se había sentido físicamente muy atraída hacia su marido pero una vez consiguió quedarse embarazada y dar a luz a un niño, comprendió que Dios no la había llamado por el camino de la maternidad. Como el fin del matrimonio, la procreación, quedó desterrado en la pareja al poco tiempo, Milagros decidió guardar para sí los deseos que sentía hacia Manuel como podía, convencida de que cualquier otra cosa sería pecado de lujuria. Aun así le quedaba el consuelo del débito conyugal y de que no debía negarse cuando su marido se lo solicitara, lo que cada vez se fue espaciando más en el tiempo, convirtiéndose en un infrecuente y aburrido desahogo para él debido a que Manuel encontraba realmente difícil excitarse con aquel palo frígido momificado.

Sofía Matarranz Escudero - Relato Infantil y Juvenil - Novela

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